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Sin hacer un juicio de valor (porque no soy quién para juzgar a nadie), con mucha alegría he visto en mis co-etarios, los millennials (1980–1995), una gran sensibilidad y búsqueda por lo espiritual.

Miro mi Instagram todos los días y en las historias me encuentro con decenas de publicaciones con frases existenciales, con pensamientos sobre el amor, sobre lo trascendente, buscando una vida integral, con consciencia sobre la alimentación, el entorno, la salud física y mental, el descanso, las relaciones, con una búsqueda sincera de algo más, de algo que condimente con sentido nuestra rutina y nuestros quehaceres tan poco espirituales.

En lo personal me alegro, porque eso habla de una sincera búsqueda, de una aspiración por algo más que el consumo, el logro y el reconocimiento, una necesidad de sanidad y de paz. Quizá no todos los caminos son los más apropiados, pero la motivación me parece súper plausible, porque era algo que antes no pasaba.

En la generación de nuestros padres (estoy generalizando obviamente), lo espiritual no respondía a una búsqueda personal, sino que más bien a costumbres y ritos culturales, metidos a fuerza de ley coloreando de rojo algunos días del calendario, con sabor a influencia política, un poco de temor al castigo divino y mucho de superstición espiritual.

Pero ojo, ellos son o fueron fieles, participativos, congregados, con un mayor arraigo y “fidelización” dentro de comunidades eclesiales. La cosa en antaño iba más en “pertenecer” o no pertenecer a alguna denominación religiosa. Hoy no hace falta un día feriado para que la gente lo considere un día espiritual, haga una pausa y se conecte con lo trascendente. Así también, para muchos, no hace falta una denominación religiosa en particular que los congregue, para que se sientan activamente espirituales. Pertenecer o no pertenecer, ya no es tema.

Ahora, más allá de mi percepción y opinión (muy irrelevante por lo demás), hay datos interesantes, te los comparto. No pretendo responder a ninguna pregunta y sacar conclusiones sobre el fenómeno, solo dejarlo sobre la mesa, exponer el tema, para que lo converses con tu gente y hagas tu propia reflexión.

Menos sermón, más contención

Quizá esta sea la razón por la que las comunidades eclesiales están haciendo agua. La gente viene con problemas, dolores y heridas, necesita apoyo y contención y lo que se encuentran es un sermón. Una charla de un “experto” que nos habla cosas que poco tienen que ver con la vida terrena, que es justamente el origen de esos problemas, dolores y heridas. Ofrecen respuestas a preguntas que nadie hace y las preguntas hechas quedan en lista de espera.

Y por eso han tomado relevancia aquellas organizaciones, personas, mentores y espiritualidades que ofrecen compañía, escucha, contención y no soluciones de manual (la mayoría de las veces imposibles de llevar a la práctica).

Tendencias de consumo espirituales en cosas no espirituales

La práctica de la meditación, una visión espiritual de la vida o bien filosofías alternativas para llevar una vida sana han influenciado a no considerar tan fuertemente los datos científicos que sorprendían a nuestros padres y abuelos y, en cambio, optan por llevar una vida holística. Este efecto lo están sintiendo, por ejemplo, las marcas de belleza y alimentación, que ven cómo los componentes químicos de última generación ya no impresionan a los jóvenes a la hora de consumir algún producto. Nuestras mamás en cambio, antes corrían a las farmacias a comprar la crema antiarrugas con el ingrediente secreto recién salido de un laboratorio alemán.

Los millennials por otra parte, optan por productos naturales sin componentes químicos, de atributos y beneficios incomprobables, pero que ofrecen una experiencia especial, incluso valórica o emocional. De componentes de laboratorio alemán, pasamos a productos orgánicos, sustentables, que no sean de origen animal e incluso místicos como algunas plantas o cristales por mencionar algunos.

Sacramentalizar todo tipo de objetos y ritos

Podría ser un adorno de la casa, una prenda de ropa, un tipo de comida, una hora del día; todo vale. Ya no son solo los días en rojo en el calendario, algunos lugares de culto y peregrinación o aquellos objetos bendecidos por un sacerdote o pastor.

Hoy podría ser desde el pañuelo de la abuela ya fallecida, un libro que ayudó a sanar una herida, una canción que ayuda a alcanzar la paz, ordenar piedras verticalmente, estirarse sobre una colchoneta de goma eva o aromatizar el ambiente con aceites e inciensos. Ya no solo cruces, velas, biblias y templos. Y me parece super bien que así sea. Todo en nuestra vida puede ser sagrado.

Cada cual con sus propios sacramentales y ritos. Yo mismo me he descubierto en una solemne liturgia diaria mientras me preparo el café con una prolijidad digna de monasterio. Todo eso mientras ordeno las ideas del día como si rezara un salmo y bebo a sorbos cortos saboreando en el fondo del paladar el amargor del brebaje pensando en cómo hacer de ese día, un buen día. Una experiencia religiosa, íntima, en solitario y a la hora del desayuno, que me conecta con lo espiritual y también con la agenda y las apps del teléfono.

Si no trasciende, no significa y por lo tanto no lo vale

Vivir experiencias se ha vuelto mucho más importante que asegurar el futuro o acumular bienes. Y si hubiera que acumular bienes, estos deben tener significado.

Ni hoteles 5 estrellas como le gustaría a nuestros padres, ni casa con buen patio. Es mejor un departamento pequeño y minimalista, que sea fácil de amoblar o mejor aun, que sea fácil de dejar para irme a otra ciudad o un viaje largo. Sobre todo si ese viaje es a un lugar especial, aunque signifique dormir en el suelo y ser picado por los mosquitos, siempre y cuando implique crecer como persona y tener una experiencia de aprendizaje.

Así entonces, viviendas, trabajos e incluso relaciones quedan truncadas si pierden sentido o si no aportan significado a la vida. Por un lado, superfluo, inestable y volátil, algo que obviamente los más adultos critican a todo pulmón porque tiene aire de irresponsable e inmaduro. Por otro lado, mucho más sincero, significativo y real que algo impuesto a fuerza de “así es como deben ser las cosas” y el siempre amargo “¿acaso no piensas en tu futuro?”.

Cada vez menos blancos y negros. Cada vez más gris. Y así, me encanta.

Sigo siendo un católico practicante, con mis propias piedades y devociones, una comunidad que me acoge, un Cura a la cabeza y viviendo de todo corazón las fiestas religiosas que me propone mi fe. Pero por otro lado me he hecho dócil y disponible para acoger las búsquedas de los que están a mi alrededor, abrazar sus heridas y sin juzgarlos ni pretender ponerme en sus zapatos, hago esfuerzos honestos por amarlos a ellos y sus caminos, aun cuando no son ni cerca, parecidos a los míos.

En honor a la verdad, no es ni un mérito ni un atributo de valor; sino que un aprendizaje a punta de tropezones y pifias, en donde pasé años intentando explicar que, el camino que me hace bien a mí, podría también hacerle bien a todo el mundo de forma estandarizada. Pifié, aparentemente no era así la cosa. Sigo creyendo que este es un buen camino (para mí, el mejor), pero hoy entiendo que no es el único y que hay quienes viven plenamente su vida, con significado y trascendencia, felizmente caminando por la vereda de al frente.

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