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Dos cosas antes de comenzar. No soy fanático de la saga de Star Wars y probablemente voy a hacerte algunos spoilers del contenido de esta popular serie: The Mandalorian.

Sin ser un experto en la saga de ficción interestelar, a estas alturas ya es de cultura popular saber que gran parte de la trama y los conflictos dentro de las películas, giran en torno a situaciones de paternidad conflictiva.

No hace ni falta recordarte los problemazos que tuvo el pobre Luke al descubrir que su papi era el mismísimo Darth Vader.

Pero aquí es donde The Mandalorian propone una nueva mirada a la paternidad dentro del universo Star Wars.

Una aproximación mucho más saludable y aunque probablemente no era la intención de sus creadores, muy cristiana y cercana al relato de la vida de san José.

Y dado que estamos en el Año de San José, que soy papá y que la serie me tocó el corazón bien fuerte, heme aquí, contándote mis aprendizajes y reflexiones.

Te resumo la historia The Mandalorian (por si no entiendes nada de la serie)

Esto para luego poder usar estas ideas, ejemplos e inspiraciones, en nuestra propia paternidad. Te lo escribe un papá cristiano, con sincera y recta intención por hacer las cosas bien, pero que en su torpeza, no siempre da con la talla de lo esperado.

The Mandalorian es un western, un verdadero Llanero Solitario que viaja de un planeta a otro haciendo un violento trabajo: es un cazador de recompensas.

Uno de los pocos sobrevivientes de una raza extinta (Los Mandalorianos), cuya principal característica era su talento como guerreros.

Pues en una de esas misiones, se le encarga capturar y entregar a Grogu (más conocido por todos como Baby Yoda). Grogu, es un niño de una raza extraña, de origen desconocido, con extraños poderes y con quien además no puede comunicarse bien.

Pues ahí, en medio de una misión, ¡oh, sorpresa!, inexplicablemente algún movimiento dentro de ese duro corazón suyo, le hace encariñarse con el extraño niño huérfano, no entregarlo a quienes querían hacerle mal y por el contrario, embarcarse en un viaje para devolverlo a donde pertenece y ponerlo en un lugar seguro.

Ese viaje lo expone a peleas mortales, batallas épicas, gastar sus recursos económicos, experimentar la desolación, el desconcierto y por sobre todo, cultivar el amor por un niño con el cual no tiene ninguna relación sanguínea, familiar, ni historia previa que los una.

Una paternidad sin lazos sanguíneos

Es sabido por todos que san José es el padre de Jesús por voluntad divina, pero no es su padre sanguíneo. Eso causa crisis en san José y conocemos que tuvo intención de dejar en secreto a la Virgen para no exponerla.

Vaya embrollo en el que se vio metido el pobre. Pero también conocemos que el Ángel del Señor le habló en sueños y le explicó todo (cf Mateo 1, 18.-25).

Esto que vive con tanta entrega, obediencia y amor el padre terrenal de Jesús, es lo que vive Mando (The Mandalorian).

Y también es lo que viven hoy en día cientos de miles de padres, que han acogido y amado como propios, a hijos con los que no comparten lazos sanguíneos.

Familias ensambladas, abuelitos que crían nietos, tíos que cuidan de sobrinos y así la lista. No todas las familias son como las de manual. San José y Mandalorian nos dan ejemplo de ello.

Una paternidad por elección, un amor voluntario, consciente, que muchas veces, los que somos padres sanguíneos olvidamos y tomamos, sin querer, como obligación.

San José, Mando y tantos miles de padres y madres, deciden acoger niños como propios, sin lazos biológicos, pero con lazos amorosos imborrables.

Deciden amar, sin mayor obligación que su propia voluntad. No hacen falta pruebas de ADN ni certificados legales. Solo basta el amor. Padre es el que cría, nunca mejor dicho.

Un padre duro, de corazón blando

No sabemos mucho del carácter de san José y probablemente su oficio de carpintero y su silencio en las sagradas escrituras nos hacen construir sobre él, una imagen de hombre duro, de acción decidida, valiente, pero de pocas palabras.

En el caso de Mando, la cosa es parecida. Es un tipo humilde, sin muchas ambiciones, sin muchos amigos, con poca capacidad para establecer relaciones, incluso sin mucha inteligencia y que solo se preocupa por hacer bien su trabajo.

Sin embargo, al igual que a san José y que a tantos otros en la actualidad, la vida le ha puesto por delante un desafío épico y con sus pocos recursos afectivos y humanos, le puso el hombro y lo sacó adelante.

¿Cuántos de esos hombres duros habrá a tu alrededor? Abuelitos, papás, tíos que rara vez se les escapó una lágrima, un «te amo» o un gesto tierno.

Sin embargo nunca fallaron, nunca aflojaron en el cuidado de su familia y nunca dudaron en dejar a la mitad la misión familiar con la que se habían comprometido.

Ver a Mando, siendo tierno pero rudo, preocupado pero sin mostrar debilidad, abrumado y aproblemado tomándose la cabeza a dos manos pensando cómo resolver los problemas me trae al corazón la imagen de san José.

Angustiado, buscando refugio mientras la Virgen estaba a punto de dar a luz. Pienso en todos los que son padres, y en las preocupaciones que cada uno de nosotros enfrenta mientras cría a sus hijos.

Cosas domésticas, relaciones afectivas, finanzas frágiles y encima una pandemia. Somos parte de una historia épica, igual que Mando, inspirados por san José. ¿Qué duda cabe?

La paternidad, un amor que nos cambia

Así como san José, al comprender que Dios le había elegido para ser el padre terrenal de Jesús, cambió de parecer y se jugó por completo el cuidado de la sagrada Familia, Mando, que no tuvo un llamado divino, hizo el mismo camino pero poco a poco. Quizá como lo hemos vivido muchos de nosotros.

Los Mandalorianos no eran una raza, sino un credo, un estilo de vida, una religión, una muy rígida y cuadrada. Dentro de esos mandatos estaba el nunca descubrirse el rostro en público, por eso llevaba el casco puesto hasta para comer.

Casco que simbólicamente muchos de nosotros llevamos a diario, para cubrir nuestras fragilidades, nuestras flaquezas y defectos. Casco que también representa nuestras ideas cerradas, nuestras estructuras rígidas y creencias que nos negamos a cambiar.

Es tanto el amor que toca el corazón de Mando, que las pocas veces que lo vemos con el rostro descubierto, no lo hace ni siquiera por salvar su propia vida, sino que accede solo cuando el renunciar a sus propias convicciones, permite un bien mayor: poner a salvo al niño. Se descubre la cara por amor.

Ya al final de la segunda temporada (en una escena que a estas alturas es viral), Mando se quita el casco pero ya no hay peligros que amenacen al niño, lo está entregando a Luke Skywalker, otro Yedi que sabrá cuidar del pequeño.

Había cumplido su misión. Y ahí sin peligros, se quita el casco por amor, para dejarse amar y acariciar, se hace vulnerable y se desprende de todas aquellas convicciones y creencias que no le permiten recibir ese amor de vuelta.

Yo sé que The Mandalorian es ficción, pero también sé que todo lo que la serie movió en mi interior no lo es. Así como tampoco el ejemplo e inspiración que san José nos transmite con su testimonio de padre amoroso, trabajador y fiel.

 

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